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lunes, 10 de noviembre de 2014

“Un día amanece y el joven Platón se despierta."




AMAR A VUESTRO PRÓJIMO COMO A VOSOTROS MISMOS.

Somos tantos a preguntarnos:
¿Pero como entender esto sin caer en ninguna contradicción?
¿Cómo amar a nuestros hijos y a nuestro projimo por igual? 
¿Cómo amar a nuestros padres igual que a nuestro projimo?
¿Cómo se puede hacer?

Lo cierto es que es dificil explicar a nivel humano como hacerlo, pero ya que yo “he oído” una historia muy bella os la cuento.

“Un día amanece y el joven Platón se despierta.
Ve entonces como su familia, sus padres, y sus hermanos están todavía durmiendo.
Espera pacientemente que se despierten, y cuando todos están despiertos inician el viaje que los llevaría al lugar donde todos ellos sentían que debían de ir, porque allí todo era esplendor y las necesidades no existían.
Mientras tanto debían de atravesar tierras inhóspitas, y lugares donde lo problemas eran grandes.

El joven Platón, era determinado pero dulce a la vez, para conseguir el sustento para todos ellos, de forma que aunque todos ellos hacían su parte para conseguir lo necesario, el joven, siempre conseguía reunir por buenos y justos medios, tanto o más de lo que ellos juntaban.

Un día el padre le dice:
“Me siento orgulloso de ti querido Platón. Siendo el más joven eres el más..... No encuentro palabras”.
El hijo lo miró y solo le dijo:
 “Tengo un buen Maestro”.
Esa noche cenaron, todos bien, muy bien no quedando sobras en la mesa porque a pesar de lo que conseguían honradamente era suficiente para todos ellos.
Platón sin embargo, sin temor, comía mucho más que los demás.


El día siguiente de nuevo caminando atraviesan un lugar lleno de sombras, porque los hombres de aquel lugar lo habían convertido en un oscuro lugar.
En el camino, se sentían amenazados, pero siempre la palabra del agua clara fue su fiel compañera, de manera que consiguieron poco a poco sin poco esfuerzo atravesar aquella difícil zona.
El salir de aquel lugar les produjo a todos una gran alegría, cuando al poco tiempo vieron como detrás de ellos intentaba alcanzarles un joven cojo.

Se dieron la vuelta todos, y lo acogieron en su grupo familiar como uno más.
Platón, no obstante le pregunto:
“Amigo, ¿qué es lo que te falta? ¿Zapatos, ropa, alimento, algún tipo de bien particular que tú necesites para hacerte la vida menos dolorosa por tu cojera?.....”

El joven cojo le respondió:
“No nada de esto necesito, aunque todo me falta porque como veis soy andrajoso, y no tengo ninguna cosa nueva”.

“¿Entonces, por qué nos sigues?”-  le dijo el joven Platón.
El joven cojo, respondió:
“Solo necesito que me escuchen”.

Platón mirándolos a los ojos le dijo:
“Bienvenido a nuestra humilde familia. No te preocupes, no te faltará lo que dices, ni tampoco lo necesario para subsistir. Mi familia solo necesita, sinceridad y buenos sentimientos”.

De esta forma siguieron el camino hacia aquel lugar que todo hombre desea para su familia. Caminaron y caminaron y llegó el tiempo de descansar nuevamente. Pero antes de reposar y afrontar de nuevo otro lugar con problemas, vieron que un ciego estaba perdido.
No sabían que hacer, si acercarse o dejarlo pasar de largo.

El joven Plantón se acerco de frente. Lo saludó.
“Buenas noches ciego, es casi la hora de reposar, ¿qué es lo que hace usted por aquí? ¿Como es que siendo tan anciano e invalido ha decidido iniciar este camino solo? “.

El ciego, le respondió:
“Es cierto, no lo puedo negar, soy ciego. Y me pesa pero lo acepto”.
El joven Platón le dijo entonces para saber cómo en realidad era:
“¡Dame todo lo que tengas!......”.

Antes de terminar la frase el ciego le responde:
“No te preocupes, de aquello que ves coge lo que quieras, no tengo mucho pero no te preocupes porque lo que tengo no me ata, ni me encadena”.

Platón, entonces le dijo:
“¿Qué aventura has iniciado entonces con tu limitación, sino una aventura de riesgos y peligros?”.

El joven ciego le dijo:
“No necesito nada, y lo poco que tengo cógelo, yo solo quiero ser libre, y sentir en mi interior que los demás me tratan por igual”.

Entonces el joven Platón le dijo:
“¿Quieres acompañarnos en nuestro viaje? Estoy seguro que con nosotros ninguno intentará de encadenarte o quitarte la libertad, aunque ciertamente ya tienes una cadena bastante dura”.

El joven ciego entonces le dijo:
“¿¡Cómo!, primero intentas robarme y ahora me ofreces cobijo?”.
Platón le dijo: “No me dejaste terminar la frase y viste lo que tu corazón humano, sabio como veo, creyó ver por el tono de mi voz”.

Después de intercambiar unas sonrisas de serenidad, el ciego dijo:
“Gracias por vuestro cobijo y por vuestra ayuda”.

De esta forma todos se dispusieron a cenar. Cenaron bien, pero Platón siempre comía demás, esto se notaba claramente.

Al día siguiente atravesando aquel lugar tenebroso lleno de llamas, y humo, cada uno con la palabra y con los buenos sentimientos, pero sobre todo con el esfuerzo que sus cuerpos le permitían, lograron nuevamente el sustento de cada día.
Platón, el joven Platón, fuera como fuera, siempre conseguía traer igual o más que todos ellos juntos, pero dentro del respeto completo a la ley del Creador.

Al salir de aquel lugar que siempre ardía, no con fuego sino con pasiones humanas de egoísmo y posesión, encontraron a una bella joven, sentada en el suelo. Aparentemente no le pasaba nada, y toda la tropa al pasar por delante de ella le dieron el saludo y continuaron caminando.

La joven les dijo:
“¡Esperadme, esperadme por favor!”.

Nuevamente no sabían que hacer, pues cada vez el esfuerzo para conseguir el alimento era mayor al crecer el numero de personas, y de nuevo Platón, inquirió casi con vehemencia:
“¿Qué quieres tú, mujer bella, si no te hace falta de nada?”

La joven le dijo:
“Es la primera vez que alguien con sinceridad me saluda y no quieren nada de mi, ninguno de ellos. Y vosotros, la verdad, sois tantos que me ha asombrado que todos me habéis saludado y ninguno me ha demandado nada”.

Con dureza le preguntó el joven Platón: 
“¡¿Entonces que necesitas de nosotros?!”.

La joven respondió:
“No necesito nada”.

“Todos necesitamos algo en esta vida, amiga mía.- le dice Platón-.
No te debes de engañar. Lo importante es conocer la “naturaleza real” de nuestra necesidad y el rumbo que esta debe tomar en relación al prójimo. Por ello te digo, que todos necesitamos algo”.

La joven con una mirada de asombro le dice: 
“Es verdad. Solo necesito una cosa”.

“Dime pues, es hora de proseguir el viaje”. Le dijo el joven Platón.

Ella le dice:
“Solo necesito tener la libertad de elegir cuando dar o cuando no dar a los demás”.


“Si quieres te puedes unir a nuestra comitiva, conócelos a cada uno en sus necesidades porque es cierto que todos ellos, como tu, y como yo, tiene alguna”. Le respondió el joven Platón.

De esta forma continuaron viaje hasta que se hizo de noche, y así noche tras noche día tras día, cada vez.
Cenaban todos juntos, siempre había suficiente, gracias a que el joven siempre traía igual cantidad o mayor que todos juntos.
A la hora de cenar, era evidente que todos cenaban, pero el joven Platón, cenaba siempre más que los demás. Así noche tras noche, noche tras noche.

Un día, de entre ellos, uno peguntó, sin ánimo de dañar, sino por simple curiosidad:
“¿Platón, tu nos amas a todos por igual?”.

Respondió:
“Cierto a todos por igual y a cada uno en su necesidad”.

“¿Entonces, -dijo nuevamente la persona que le preguntó-, por qué tu comes más que los demás? ¿No te parece algo extraño, y casi injusto?”.

Platón respondió:
“Mamá, estoy aprendiendo a amarme a mi mismo y a amaros cada vez más a vosotros”.

La mamá le dijo:
“No lo entiendo querido hijo. Me lo puedes explicar”.

Cierto mamá.
“Yo como más que vosotros porque el esfuerzo que cada día debo de hacer para permitiros de comer y manteneros mejor, es mayor. No como por gula, o por sentirme más que ninguno de vosotros. Como porque me amo a mi mismo, y de esta manera puedo amaros mejor a vosotros. Comiendo más me siento más fuerte para, al día siguiente y por siempre, amaros en mí como una parte de mi, a pesar de que me cueste cada vez más esfuerzo, porque sin vosotros yo no sería nada mamá”.

El Padre, lo mirò fijamente a los ojos, mientras todos los demás escuchaban y le dijo:
“Ahora comprendo porqué me siento tan orgulloso de ti hijo. Pero ¿dime? ¿Dime quién te ha enseñado todas esas cosas? ¿Quién ha hecho de maestro en tu vida si yo no lo he visto?”.

El joven Platón respondió:
“Cada uno de vosotros lo tiene dentro. Es el Luminoso Silencio, porque solo este Silencio os permite escucharos a vosotros mismos y conocer cuál es vuestro objetivo y razón en esta vida, papá.
Y cuando uno llega a escucharse completamente a si mismo, es cuando comienza a escuchar el silencio luminoso que existe en cada criatura, en cada brizna de hierva y en cada pequeña piedra que roda movida por la corriente tempestuosa del río de la vida.
Solo así se logra, poco a poco ser una familia, como lo estamos intentando nosotros”.


Un amigo del Ancestral Reunificador.
Antonio Pastor L.

Vellisca, .....horas 02 julio 2013



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